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Cultura organizacional: por qué es clave y cómo lograr que todo el equipo la viva

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En el núcleo de toda empresa sostenible y exitosa late una poderosa fuerza intangible: la cultura organizacional.

A menudo subestimada o confinada a un documento de misión olvidado, la verdadera esencia de una compañía no reside únicamente en su estrategia o productos, sino en los valores compartidos, comportamientos y creencias que guían cada acción.

Cuando esta cultura no está claramente definida o es mal comunicada, emergen problemas críticos como la falta de alineación del equipo, mensajes contradictorios, alta rotación de talento y climas laborales tóxicos. Estos síntomas no solo afectan la moral, sino que erosionan directamente la rentabilidad y la capacidad de innovación.

Por eso, aquí explicaremos qué constituye la cultura corporativa y por qué es un activo estratégico determinante.

¿Qué es la cultura organizacional y cómo se manifiesta en el día a día?

La cultura organizacional puede definirse como el conjunto de valores, creencias, normas, símbolos y comportamientos que determinan cómo funciona una empresa. Así, de acuerdo con el análisis de McKinsey, la cultura actúa como un “sistema operativo” que influye en la forma en que las personas trabajan, colaboran y enfrentan desafíos.

Aunque suele asociarse con declaraciones formales, la cultura se evidencia de manera práctica en aspectos cotidianos:

  • cómo se toman decisiones;
  • cómo se abordan los conflictos;
  • qué tipo de comportamientos se premian;
  • qué actitudes se toleran o no;
  • y qué símbolos refuerzan ciertos mensajes.

De esta manera, la cultura corporativa se convierte en un mecanismo invisible pero determinante para la experiencia laboral y el desempeño colectivo.

Impacto de la cultura en la productividad, el compromiso y la retención

El impacto de una cultura organizacional exitosa se traduce en resultados concretos. Una investigación de Gallup revela que las unidades de negocio con altos niveles de compromiso (engagement) muestran un 23 % más de rentabilidad.

Esta conexión es directa: cuando los empleados se sienten alineados con los valores organizacionales, comprenden su propósito y operan en un entorno de confianza, su motivación intrínseca y productividad se disparan.

Por el contrario, una cultura tóxica o disfuncional es el principal impulsor de la rotación voluntaria de talento, con costos de reclutamiento y capacitación que pueden ascender al 200 % del salario anual del puesto, según diversas estimaciones.

Una cultura saludable actúa, por tanto, como un imán para retener a los mejores y como un motor para la eficiencia operativa.

Elementos clave de una cultura organizacional saludable

Si bien cada cultura es única, las que promueven el alto desempeño y el bienestar suelen compartir ciertos elementos fundamentales:

  • Valores claros y auténticos: son principios guía que orientan comportamientos y decisiones. Deben ser específicos, creíbles y reflejados por el liderazgo.
  • Transparencia y comunicación abierta: flujos de información bidireccionales donde el feedback es valorado y las malas noticias pueden comunicarse sin temor a represalias.
  • Confianza y autonomía: los empleados reciben autoridad para actuar dentro de su ámbito, fomentando la responsabilidad y la innovación.
  • Reconocimiento y crecimiento: los logros se celebran alineados a los valores, y existe un camino claro para el desarrollo profesional y personal.
  • Alineación y propósito compartido: cada miembro comprende cómo su rol contribuye a los objetivos mayores de la organización.

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Cómo definir o actualizar la cultura de tu empresa

El proceso de definir o revitalizar la cultura organizacional debe ser introspectivo, participativo y estratégico. Para ello, se recomienda un enfoque estructurado en cuatro fases:

  1. Diagnóstico: evaluar la cultura actual mediante encuestas anónimas, grupos focales y análisis de datos de clima laboral.
  2. Aspiración: definir la cultura deseada, que sea realista y diferenciadora. Esto implica revisar la misión, visión y, sobre todo, los valores organizacionales que se quieren vivir.
  3. Cocreación: involucrar a representantes de todos los niveles en el diseño de los comportamientos específicos que ejemplifican cada valor.
  4. Plan de transición: identificar las brechas entre la cultura actual y la deseada, y diseñar iniciativas concretas para cerrarlas.

Estrategias para comunicar la cultura y lograr que todos la conozcan

La comunicación es el puente entre la definición y la adopción. Una cultura no se implanta por decreto; se narra, se modela y se refuerza continuamente con estrategias como:

  • Foros de diálogo: crear espacios seguros para discutir qué significa la cultura en la práctica y resolver dudas.
  • Comunicación multimodal: repetir el mensaje a través de múltiples canales (intranet, reuniones, cartelería, eventos) de formas creativas y consistentes.
  • Onboarding inmersivo: diseñar un proceso de incorporación que vaya más allá de los trámites para sumergir al nuevo talento en la cultura desde el primer día.

Cómo alinear procesos, políticas y liderazgo con la cultura deseada

La incoherencia es el mayor enemigo de la cultura. Los valores declarados deben estar reflejados en todos los sistemas de la organización:

  • Liderazgo: los directivos y mandos medios son los principales embajadores, por lo que su comportamiento debe ser el ejemplo vivo de la cultura. Programas de desarrollo y evaluaciones 360° pueden ayudar a alinear su estilo de gestión.
  • Reclutamiento y promoción: incorporar evaluaciones de ajuste cultural en las entrevistas y promover a quienes encarnan los valores.
  • Remuneración y reconocimiento: vincular los sistemas de compensación, bonos y programas de reconocimiento a comportamientos que demuestren los valores, no solo a resultados financieros.

Indicadores para evaluar la cultura organizacional

La cultura puede y debe medirse para gestionarse eficazmente. Los indicadores clave, tanto cualitativos como cuantitativos, incluyen:

  • Resultados de encuestas de clima y compromiso.
  • Tasas de rotación voluntaria e involuntaria.
  • Indicadores de ausentismo y bienestar.
  • Evaluaciones de desempeño vinculadas a comportamientos culturales.
  • Nivel de adopción de prácticas alineadas (participación en rituales, cumplimiento de políticas, interacción entre áreas).

El seguimiento constante permite ajustar acciones y asegurar que la cultura evolucione en consonancia con el negocio, pues, cuando todo el equipo internaliza y vive los valores organizacionales, la empresa deja de ser un simple conjunto de individuos para transformarse en una organización cohesionada, resiliente y orientada a resultados extraordinarios.

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